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UN NUEVO ESTUDIO SUGIERE QUE EXISTE UNA RELACIÓN ENTRE UNOS NIVELES BAJOS DE VITAMINA D Y LA DEPRESIÓN

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Psiquiatria.com

AREAS TEMATICAS

DEPRESIÓN

24  abril,  2015

Fuente: Psychiatry Research

Fecha: Marzo 2015

La revista Psychiatric Research publica un nuevo estudio que sugiere que existe una relación entre unos niveles bajos de vitamina D y la depresión, al menos en mujeres jóvenes que por lo demás están sanas.

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En la investigación, el equipo de David Kerr, de la Universidad Estatal de Oregón en Corvallis, Estados Unidos, encontró que las mujeres jóvenes que tenían niveles de vitamina D más bajos tenían una mayor probabilidad de mostrar síntomas de depresión clínicamente significativos a lo largo de un estudio de cinco semanas. Los resultados se mantuvieron incluso cuando los investigadores tuvieron en cuenta otras posibles explicaciones, como la época del año, el nivel de ejercicio y el tiempo pasado al aire libre.

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De todos modos, tal como advierte el propio Kerr, la depresión tiene múltiples y poderosas causas, y si, como parece, la vitamina D forma parte del conjunto, es solo una pequeña parte del mismo. De todas formas, tal como él argumenta, dada la cantidad de personas que están afectadas por la depresión, cualquier hallazgo que pueda servir para combatirla mejor podría tener repercusiones importantes en la salud pública.

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La vitamina D es un nutriente esencial para la salud de los huesos y la función muscular. Su escasez ha sido asociada con una función inmunitaria disminuida, algunas formas de cáncer y disfunciones cardiovasculares.

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El cuerpo humano crea su propia vitamina D cuando la piel de la persona es expuesta a la luz solar. Cuando el sol es escaso, situación común en ciertos países durante el invierno, la gente de estos lugares puede tomar un suplemento de vitamina D, o procurar consumir, en cantidades suficientes, alimentos capaces de reabastecer de vitamina D al cuerpo.

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El estudio de Kerr se centró en mujeres jóvenes residentes en el sector de América del Norte conocido como Pacífico Noroeste porque, según las estadísticas, tienen un mayor riesgo de padecer tanto depresión como insuficiencia de vitamina D.

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Fuente:
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Associations between vitamin D levels and depressive symptoms in healthy young adult women

Highlights

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  • Depressive symptoms and vitamin D were measured in 185 healthy women across 4 weeks.
  • Significant symptoms and vitamin D insufficiency were common, and differed by season.
  • Initially low vitamin D levels were associated with clinically significant depressive symptoms across follow-up.
  • Between-subjects differences in depression by season were partially explained by seasonal changes in vitamin D.
  • Racial-ethnic differences in depression were partially explained by group differences in vitamin D levels.

Abstract

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There have been few studies of whether vitamin D insufficiency is linked with depression in healthy young women despite women׳s high rates of both problems. Female undergraduates (n=185) living in the Pacific Northwest during fall, winter, and spring academic terms completed the Center for Epidemiologic Studies Depression (CES-D) scale weekly for 4 weeks (W1–W5). We measured serum levels of vitamin D3 and C (ascorbate; as a control variable) in blood samples collected at W1 and W5. Vitamin D insufficiency (<30 ng/mL) was common at W1 (42%) and W5 (46%), and rates of clinically significant depressive symptoms (CES-D≥16) were 34–42% at W1–W5. Lower W1 vitamin D3predicted clinically significant depressive symptoms across W1–W5 (β=−0.20, p<0.05), controlling for season, BMI, race/ethnicity, diet, exercise, and time outside. There was some evidence that lower levels of depressive symptoms in Fall participants (vs. Winter and Spring) were explained by their higher levels of vitamin D3. W1 depressive symptoms did not predict change in vitamin D3 levels from W1 to W5. Findings are consistent with a temporal association between low levels of vitamin D and clinically meaningful depressive symptoms. The preventive value of supplementation should be tested further.

Fuente:

TODOS LOS HOMBRES DE MARLBOROUGH

Encuentro con la segunda y tercera generación de marchantes de una de las multinacionales más relevantes del mercado del arte,que ha estrenado sede en Barcelona

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Pierre Levai, presidente de Marlborough Gallery New York, en la nueva sede de la Galería Marlborough en Barcelona. / CATERINA BARJAU

El primer contacto que Pierre Levai tuvo con Francis Bacon fue un puñetazo. Se lo endiñó el legendario pintor durante una mañana de 1964 en la primera sede de la galería de arte Marlborough en la londinense Old Bond Street, donde el entonces joven Levai ejercía de aprendiz de marchante y Bacon era todavía un esperanzador fichaje. El artista se había presentado aquel día ante sus agentes tambaleándose, destilando su inconfundible estado de embriaguez, y el muchacho cometió el error de intentar ayudarle a mantenerse en pie. Un acto de buena voluntad que Bacon interpretó como una ofensa en toda regla y que tuvo por respuesta un directo al mentón.

Medio siglo después, el señor Levai recuerda hoy que aquella lección le sirvió para empezar a habituarse a la compleja personalidad de la pléyade de grandes creadores con quienes acabaría conviviendo. Pero aquel mamporro también supuso el comienzo de una hermosa amistad y una alianza que se prolongaron hasta la muerte de Bacon en Madrid en 1992. Y un paso más en la senda que convertiría al señor Levai en una de las personalidades más importantes del mercado global del arte.

Pierre Levai, presidente de Marlborough Gallery New York. / CATERINA BARJAU

Hablar con él es enfrentarse a la historia viva del arte contemporáneo de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. La institución a la que representa ha gestionado la obra de ilustrísimas firmas que van, entre muchas otras, desde Francis Bacon hasta Henry Moore pasando por Lucian Freud, David Smith y Oskar Kokoschka. Frente al convulso mercado contemporáneo, removido desde sus cimientos por la hegemonía de las casas de subastas, Pierre Levaiencarna la figura del galerista por antonomasia que sigue trabajando en complicidad con los grandes artistas, participando de sus éxitos en vida y gestionando los legados tras su muerte. Entre las ventas realizadas últimamente en las sedes que Marlborough tiene hoy repartidas por el planeta cabe mencionar los 38,8 millones de euros por un lienzo de Francis Bacon, un matisse por 33 millones, una pintura temprana de Miró por 14,6 millones, un paisaje de Gaugin por 7,6 millones…

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A principios del verano, el señor Levai ultima los detalles de la apertura de la nueva delegación en Barcelona de la galería Marlborough. A media mañana, el presidente de Marlborough Gallery Nueva York y representante en España de Marlborough Galleries deambula a sus 78 años por el flamante suelo de hormigón pulido de su nueva sucursal en L’Eixample barcelonés mientras los operarios terminan de colocar las piezas que componen la inminente exposición inaugural de este espacio diáfano de unos 200 metros cuadrados con uno de los artistas de su prestigiosa cartera, el español Manolo Valdés.

Este linaje de marchantes dictó las normas del mercado del arte moderno global. Frank Lloyd, el fundador, decía: “Yo colecciono dinero, no arte”

Vestido con camisa a cuadros azules sin corbata y un impecable traje verde oscuro que luce la insignia de Caballero de las Letras y las Artes de Francia en la solapa de la americana, el señor Levai, francés de nacimiento y neoyorquino de adopción, pasa desapercibido para los periodistas que persiguen a Valdés. Mientras tanto, Pierre Levai guarda el precio de cada lienzo y escultura en su cabeza. Él es quien dicta aquí lo que vale el arte. Vigila con la misma puntualidad obsesiva con la que acude a sus citas cada operación que se realiza en las sedes que Marlborough mantiene desde Londres a Nueva York, pasando por Mónaco, Florida, Chile, Madrid y ahora Barcelona. A pocos metros sigue sus pasos un joven corpulento y desaliñado de 26 años que calza unas deportivas y viste vaqueros, camiseta negra y americana marrón. El cabello rubio revuelto y su rostro rechoncho y lampiño le otorgan una estampa que bien podría asemejarle a una especie de Mark Zuckerberg del arte contemporáneo.

Este veinteañero al que la revista Forbes ha incluido en su lista de 30 personajes más influyentes por debajo de los 30 años en la categoría Art & Style se llama Max Levai y es hijo del todopoderoso señor Levai. Lidera desde 2011 la sede del sello Marlborough dedicada a las propuestas más arriesgadas en el neoyorquino barrio de Chelsea y representa el futuro de la institución. Eso asegura el patriarca con solemnidad, no sin antes ordenar cortésmente que le traigan otro vaso de agua de Vichy con hielo. “Esto tiene que ver con mi parte de ascendencia catalana”, dice al respecto de la bebida gaseosa el señor Levai para acto seguido explicar por qué está hoy aquí con su hijo. “¿Por qué abrir nueva sede en un país que aún lucha por salir de la crisis? Puedes tomarlo si quieres como un síntoma de recuperación económica. No es que me lo hayan contado, es que lo estoy comprobando. Y resulta innegable el movimiento de negocio en Barcelona, una ciudad muy activa y llena de turistas llegados de todo el mundo entre los que, por supuesto, también los hay interesados en este mercado”.

Max Levai, de 26 años y director de la Marlborough Chelsea en Nueva York. /CATERINA BARJAU

Pierre Levai, el ogro del arte moderno, negociador implacable, temido por sus adversarios y adorado por los artistas a quienes representa, sigue encarnando el boyante presente del sello Marlborough en alianza con su primo Gilbert Lloyd, descendiente directo del fundador y máximo representante de la sede londinense que acoge la vertiente más clásica de la galería. Ambos parientes han consensuado ya que el hijo del señor Levai sea más temprano que tarde el sucesor del legado al frente de esta multinacional. Mientras que su padre irradia desde el emblemático local de la neoyorquina Calle 57 las propuestas de arte contemporáneo desde el savoir faire, el buen gusto de un francés afincado en la Gran Manzana y el olfato de un avezado comerciante, Max Levai atesora la intrépida mirada de un marchante que es new yorker desde la cuna, atento al posmodernismo, los talentos emergentes desde Internet y las tendencias que nacen de forma subterránea e independiente.

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Los artistas bajo el caparazón de Max Levai y su equipo asesor desarrollan la vertiente más rompedora del sello Marlborough. Performances,instalaciones, exposiciones con temáticas agresivas. En su cartera alternan desde el rapero y performer Rashaad Newsome hasta los muy vanguardistas Robert Lazzarini, Tony Matelli, Jonah Freeman y Justin Lowe. Todos han expuesto ya en el descomunal almacén que el señor Levai conservaba en Chelsea y que cedió a su hijo para abrir una nueva sucursal. Ante cualquier insinuación sobre la facilidad que pudo tener con su apoyo paterno para iniciar su propia andadura profesional, Max tercia: “Soy yo el que hace frente a los pagos de la sede que dirijo. Soy yo el que está al frente de mi negocio”. Lo que sí admite el sucesor es que abrió sus ojos al mundo del arte de la mano de su padre. De los 12 a los 15, Max viajaba todos los veranos con él a Europa. Cuando el señor Levai rubricaba sus negocios, los dos se empapaban después de museos y galerías. También asegura haber aprendido junto a su padre a capear la presión e interactuar con la personalidad de los artistas.

“La llave en este negocio son los artistas. Unos te llevan a otros”. Pierre Levai, presidente de Marlborough Gallery New York

–¿Por qué su hijo representa el futuro de Marlborough, señor Levai?

–­Por su edad. Empezó profesionalmente a los 22. Pero desde pequeño ha demostrado un apasionado interés por el arte, que desarrolla con un gusto muy especial. Y porque pensamos que puede tener mucho éxito. Es agradable que alguien de la familia perpetúe el negocio. Formamos parte de una dinastía que ejerce desde el siglo XIX.

Gilbert Lloyd, responsable de la sede de Marlborough en Londres, con su esposa. / CATERINA BARJAU

Una estirpe de leyenda. Un linaje de marchantes de origen judío que dictaron las reglas del mercado del arte moderno global. Los abuelos del señor Levai, famosos vendedores de antigüedades en Austria, fueron asesinados por los nazis. Franz Kurt Levai, uno de los hermanos de su padre, acabaría siguiendo la estela profesional de la familia bajo el nombre de Frank Lloyd. Tras huir de los soldados alemanes desde Austria hasta París y luego Reino Unido vía San Juan de Luz, donde subió a un barco lleno de restos mortales de soldados de la caballería polaca, participó en la Segunda Guerra Mundial. Con el afán de combatir a los nazis se alistó en el Ejército británico en calidad de refugiado. En sus filas conoció a Harry Fisher, un vendedor de libros de viejo en Viena de quien se hizo amigo íntimo bajo las descargas de artillería. “No te preocupes, Harry”, le decía Franz a su compadre en el frente. “Cuando todo esto acabe te proporcionaré un trabajo digno”. Y así fue.

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Franz Kurt Levai cambió de nombre poco antes de acabar en Normandía la jornada siguiente al Día D, tras la advertencia de un oficial de que no quería ni imaginar lo que los soldados alemanes harían con él si lo cogían preso y descubrían sus apellidos. Así que adoptó uno nuevo en honor a su cuenta en el Lloyd’s Bank de Londres y cambió la “z” del nombre de pila por una más británica “k”. Tras la guerra, el soldado Frank Lloyd recuperó a su familia de las inmediaciones de Salzburgo y se los llevó a Londres. Allí se reencontró con su compañero de armas Harry Fisher, y la pareja de amigos abrió en 1946 una pequeña tienda de libros y antigüedades en la londinense Old Bond Street que dio paso a la galería de arte Marlborough.

“Pese al auge de las subastas, nunca dejarán de existir las galerías de arte”. Max Levai, director de Marlborough Chelsea en Nueva York

A la pareja fundadora se unió David Somerset, duque de Beaufort, dando lugar a un trío en el que Harry representaba la intelectualidad, Frank Lloyd era el hombre de negocios y el duque de Beaufort se encargaba de las relaciones públicas. “Los viejos tíos”, solía llamarles Francis Bacon, quien firmó con ellos un contrato de exclusividad por sus obras el 16 de octubre de 1958. Una jugada visionaria a la que seguirían fichajes estelares como el de Jackson Pollock y otros referentes contemporáneos. Para cuando Frank Lloyd, autor de la célebre frase “yo colecciono dinero, no arte”, decidió que la próxima conquista estaba en Nueva York, su sobrino Pierre Levai llevaba tiempo preparándose para liderar el asalto mientras que Gilbert, primo de Pierre e hijo de Frank Lloyd, acabaría mandando hasta hoy los designios de la sede londinense.

Nacido en Biarritz, el joven Pierre Levai marchó a París para ingresar en el Instituto de Estudios Políticos y aceptó la petición de su tío de embarcarse con su equipo en Londres en 1964, tras curtirse en la Galerie Louis Leiris, que vendía entre sus obras las de Picasso. Su paso por la Marlborough Fine Arts de Londres le permitió viajar en 1967 a Nueva York a la caza de un mercado en ebullición que explotaría con Warhol y sus contemporáneos. Después llegaron tiempos convulsos a mediados de los setenta al calor del escándalo Rothko, que dio pie a una batalla judicial con millones de dólares en juego entre los herederos de Mark Rothko y Frank Lloyd por el legado del artista. La sentencia condenatoria acabó con la carrera de Lloyd, quien se retiró a las Bahamas hasta su muerte en 1998 –“quizá el marchante más grande del mundo”, lo definió el semanario The Economist en su necrológica– habiendo nombrado a su sobrino Pierre Levai presidente de la sede neoyorquina de Marlborough y a su hijo Gilbert como encargado de la sucursal londinense. Hasta hoy.

El pintor Manolo Valdés (de frente) con Pierre Levai. / CATERINA BARJAU

La conquista internacional siguió con la apertura de la primera sede en España en Madrid allá por 1986. El señor Levai había fichado ya en Nueva York a Juan Genovés, y a través de él contactó con Antonio López, de cuyo realismo quedó prendado. López le llevó hasta Claudio Bravo, con el que acabó fraguando una gran amistad y quien le brindó un apartamento para la primera oficina de Marlbo­rough en España. “La llave en este negocio son los artistas”, dice hoy el señor Levai. “Unos te llevan a otros. Yo solo sé trabajar tejiendo lazos de confianza con los creadores”.

Uno de esos exclusivos lazos de confianza del señor Levai tiene como extremo a Manolo Valdés (Valencia, 1942), a quien conoció cuando el español llegó hace casi 25 años a Nueva York. Poco antes de inaugurar con su obra la nueva sede de Marlborough en Barcelona, Valdés admite que aún hoy lo que les une a ambos es una “amistad y lealtad inquebrantables, porque como empresario es un hombre de palabra; hay pocos galeristas en el mundo con su cultura y verdadera afición por el arte”. Con el apoyo del señor Levai, quien intercedió ante la alcaldía de Nueva York, Valdés ha llegado a exponer unas monumentales esculturas de gran formato en Broadway, de las que se vendieron cinco ejemplares por seis millones de dólares.

“Hay pocos galeristas en el mundo con la cultura y verdadera afición al arte como Pierre Levai”, afirma el pintor Manolo Valdés

La tarde veraniega comienza a caer y con ella van llegando los invitados al evento. Entre ellos, coleccionistas de tanto poder adquisitivo como el exfinanciero griego Dimitri Mavromatis, uno de los más poderosos del planeta que pagó en subasta 20 millones de euros en 2011 por uno de los retratos de Dora Maar firmado por Picasso. Entre el gentío se abre paso Gilbert Lloyd, acompañado de su pareja y vestido con impecable traje de sastre color azul-noche sin corbata. El señor Lloyd entró en el negocio familiar en enero de 1963. “Nunca tuve en la vida otra ambición que no fuera ser marchante de arte”, contará después mientras enciende uno de los puritos que guarda en el bolsillo de la americana. “Conoces a mucha gente interesante. La mayoría de ellos están chiflados, lo cual convierte a este trabajo en algo muy excitante. Y además puedes hacer algo de dinero. Debo decir que vender un bacon en los sesenta era muy difícil. Pero sabíamos que era un genio. Nos llevó tiempo ponerlo en el mercado. A la vista está que fue un éxito”.

Solo hay que recordar el récord registrado en noviembre del año pasado con la venta en Christie’s Nueva York del tríptico Tres estudios de Lucian Freud, de Francis Bacon, por 105,5 millones de euros, el precio más alto pagado nunca antes por una pintura en una subasta. Una obra de la que la galería Marlborough de Londres se desprendió en los setenta del pasado siglo por 12.000 libras esterlinas. “Hemos tenido con nosotros a David Smith y Francis Bacon, sí, pero hay un abismo de tiempo desde que empiezas a llevar a este tipo de artistas hasta que su obra revienta una subasta”, apunta el joven Max Levai. Ante la ruptura del mercado que representan las casas de subastas, Max Levai admite que nunca antes habían atesorado tanto poder como hoy. “Pero no vislumbro el día en que deje de existir el sistema de galerías de arte. En cuanto a los compradores, porque hoy existe más oferta que nunca. Y respecto a los creadores, porque necesitan hacer muchas exposiciones en lugares prestigiosos del circuito oficial antes de llegar al Guggenheim”.

Una reflexión ante la que su padre, el señor Levai, añade: “Ayudar al artista a financiarse. En última instancia somos una empresa de servicios para grandes creadores. Y algo que no podemos olvidar en este contexto es que existe una tremenda especulación. Veremos caer los precios de un mercado que ha seguido creciendo a pesar de la crisis. Todo lo que sube de manera desaforada en un sistema capitalista termina cayendo. Nosotros somos una galería importante y a la vez un negocio de familia. Centrado sobre todo en mi primo Gilbert Lloyd y en mí, Londres y Nueva York”.

Ambos recalcan su pacto por el que Max sea el sucesor. “Si no creyera que mi hijo podría ocupar mi lugar, él no estaría aquí hoy”, insiste el señor Levai. “Ahora debes promocionar a tus artistas, atar lazos con gente a la que antes no podíamos acceder y que gracias a las nuevas tecnologías representan clientes de calidad. Los artistas son hoy la llave de la organización. Los marchantes somos hoy empresarios, ya no dictamos las reglas del juego”.

Una perspectiva que el heredero de cara de niño contempla con crudeza y audacia: “Ser marchante hoy en el mercado primario del arte contemporáneo implica ser menos poderoso que lo que se acostumbraba a ser. En su estudio tiene hoy el artista su negocio, y el galerista es su socio en un contexto que transmite ideas e imágenes a toda velocidad. La nueva generación de compradores y coleccionistas de alto nivel, entre los 30 y los 60 años, vienen de diferentes partes del mundo y representan diversas historias de éxito personal. El arte ya no es algo que solo pequeños grupos consumen. Hoy participa en este juego un grupo global de personas de orígenes e intereses muy diversos. Entender esta complejidad será la clave para mantener la exitosa tradición familiar de nuestro negocio”.

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Fuente:  

 

http://elpais.com

Todo el arte cabe en un libro

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Todo el arte cabe en un libro

*La Fundación Juan March reúne 118 obras impresas reconvertidas en objetos artísticos

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Raymond Queneau hizo poesía triturando un poema. En Cent mille milliards de poèmes, publicado por Gallimard en 1961, el lector puede fabricarse su propia composición alterando a placer el orden de los versos. Cada línea recortada es un verso suelto, disponible para ser combinado con cualquier otro. Es uno de los 118 objetos artísticos de la exposición Libros (y otras publicaciones) de artista (1947-2013), que puede visitarse en la Fundación Juan March, en Madrid, hasta el 30 de agosto. ¿Y qué es un libro de artista? “Son el resultado de lo que los artistas hacen con libros, sobre libros, en torno a libros, para o contra los libros”, escribió Guy Schraenen, que analizó esta corriente que se expandió en los sesenta aunque tenga su origen en experimentos anteriores.

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Podría decirse que es el resultado de la apropiación por parte de un artista de un objeto que había sido confinado a una finalidad (la lectura). Picasso, Chillida, Dalí o José Guerrero son algunos de los que frecuentaron el género, y que figuran en la muestra. “El libro de artista surge cuando entra en crisis cierta idea tradicional del arte, y los artistas creen que tienen que usar otros circuitos y otros formatos, que van más allá del cuadro”, explica Manuel Fontán, director de exposiciones de la fundación y organizador de la muestra. Schraenen considera que resultan esenciales dentro del arte del siglo XX porque evidencian nuevas ideas: “el ambiente rupturista de los años sesenta, con sus ideas de democratización, difusión pública y universal del arte”.

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Un libro de artista es Emblemas, con poemas de José Ángel Valente y serigrafías de Antonio Saura (publicado en 1979), pero también la caja de madera con serigrafías de Manuel Millares editado por el Museo de Arte Abstracto Español en 1971, el minúsculo libro de Willem de Kooning,Collected writings, impreso en Nueva York en 1988, o la obraLa depresión en España, un informe sanitario de 1988 modificado por el artista experimental Fernando Millán.

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Entre 1981 y 1983, Millán tachó cada día páginas del libro (intervino sobre cinco ejemplares del ensayo). No era su primera vez, pero quizás fue la más drástica. “El primer radicalismo en la transformación del primer libro La depresión en España por su correspondiente tachado es el paso de un libro para leer a un libro para contemplar. El autor, sin abandonar la materia primaria verbal, crea un objeto estético visual que incluye cualidades plásticas características en la pintura y la objetivización del espacio propio de la escultura y arquitectura”, reflexiona la profesora del departamento de Lenguas extranjeras del Georgetown College, Laura López Millán, en el volumen publicado en 2012 por ediciones La Bahía con una tirada de 300 ejemplares. El número 299 es el que se incluye en la muestra de la Fundación Juan March.

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Una parte importante de los fondos expuestos procede de las bibliotecas de Julio Cortázar, donada por su viuda Aurora Bernárdez en 1993, y de Fernando Zóbel, incorporada cuando la fundación asumió la gestión del Museo de Arte Abstracto de Cuenca, una de las primeras instituciones consagrada a las nuevas corrientes artísticas creada durante la dictadura por iniciativa de Zóbel. A la biblioteca del autor de Rayuelapertenecen, entre otros, los Discos Visuales de Octavio Paz o lel Cent mille milliards de poèmes, de Queneau. A la de Zóbel corresponden la colección Descubrimientos en Millares 1671, las serigrafías de Millares sobre arqueología incluidas en una caja de madera, o Ardicia, libro de aguafuertes de Pablo Palazuelo y José Miguel Ullán. Destaca, también, la colección de revistas Derrière le Miroir dedicadas a artistas como Alexander Calder, Jean-Paul Riopelle o Pol Bury y algunas piezas creadas por Dalí, Chillida, Guerrero y Picasso.

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Fuente:

 

http://cultura.elpais.com