Una velada con Richard Nixon

…………..ENTREVISTA……………..

Una velada con Richard Nixon

Rosa Montero / 3 MAY 1980

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Richard Nixon está en España, adonde ha venido para promocionar su último libro (La guerra verdadera), y estuvo en EL PAÍS el miércoles. Hijo de cuáqueros, proveniente de la clase media, universitario a fuerza de becas, el destino de este hombre de 67 años le ha gastado malas pasadas: quiso representar el fiel de la balanza y del honor y ha bordeado siempre el deshonor y el escándalo; es el cazador implacable que después fue, a su vez, cazado.

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Mister Nixon llegó sintiéndose presidente de Estados Unidos, convencido de su omnímoda importancia. Borroso y blanquecino, posee la soberbia de quien ha dominado el mundo durante años, y viéndole, una comprende con desalentada desazón que un presidente de Estados Unidos no sólo cree encarnar el poder, sino que además debe realmente serlo.(Desde que dimitió, el 8 de agosto de 1974, empujado por el escándalo del Watergate, Richard Nixon lo ha intentado todo para su rehabilitación y nuevo lanzamiento. Primero se retiró cautamente a su casa de California, a San Clemente. Allí escribió sus memorias, en las que se aseguraba haber sido víctima del Watergate, haber sido engañado por su buen corazón. En 1977 apareció en televisión, entrevistado por un periodista inglés a lo largo de cinco programas: se disculpó, se lamentó, clamó por su inocencia relativa, aseguró que para él la política había terminado, puso gesto compungido y modesto, resaltó sus aciertos como presidente. Porque en el mandato y medio de Nixon los mayores éxitos fueron cosechados en política exterior: apertura hacia China, mejora de las relaciones con la Unión Soviética, fin de la intervención americana en la guerra de Vietnam. El nuevo Nixon, que es el Nixon de siempre, vuelve a la carga a lomos de su política exterior. Por ello, ahora que ha vendido su casa de San Clemente, que se ha instalado en Nueva York dispuesto a salir a la palestra, publica su tercer libro: La guerra verdadera, que es un análisis de la situación internacional. Un análisis bélico y agresivo, en el que contrapone el orden americano al desorden soviético, la paz al caos, la bondad a la maldad intrínseca).

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Sonrisa de elecciones

Todo empezó a eso de las 20.30 horas -una hora antes de que mister Nixon llegara-, cuando entraron en el edificio los hombres del Servicio Secreto norteamericano, vigilantes precisos y fogosos. Llevaban audífonos incrustados en la oreja, a modo de cordón umbilical, para órdenes y sigilos, y así, al compás de las consignas radiadas, inspeccionaron la casa entera, escudriñaron rincones, miraron debajo de las mesas, esperando encontrar quizá un bolchevique emboscado. Era un equipo de suspicaces sordos. Uno de ellos dejó olvidada su agenda secreta de agente secreto en uno de los despachos, y el dueño del despacho se la devolvió con inocencia singular, sin hacer siquiera fotocopia de ella, mientras que el olvidadizo agente enrojecía hasta la médula, horrorizado ante su fallo. Pero mister Nixon (todos le llaman mister President, porque un presidente de Estados Unidos conserva siempre el tratamiento, aunque haya salido por piernas del sillón, como en este caso) estaba al llegar, y los agentes se dispusieron disciplinadamente a su espera en la puerta:-Mister President es muy amable, muy abierto -decía uno-. Dará la mano incluso a los empleados.

Y mister Nixon llegó y dio la mano incluso a los empleados, con estereotipada sonrisa de candidato electoral. Su Dodge azul marino venía precedido por dos motoristas municipales, una pareja de guardias armados vigilaban sus pasos, y su escolta personal ascendía a catorce hombres: tres del Servicio Secreto norteamericano, tres de la Embajada de Estados Unidos, tres policías españoles de paisano, tres chóferes-guardaespaldas y el coronel Brenan, jefe de la casa civil de mister Nixon, y Ray Price, su asesor político, el hombre que le escribe los discursos.

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“Soy libre de opinar”

Primero hubo una especie de cóctel, con Nixon sentado en un sofá, serio y adusto, con los mofletes terrosos y temblones -«¿Has visto?, yo creo que lleva maquillaje», cuchicheaban los presentes-, embutido en un traje azul marino que, a la segunda ojeada, se revelaba descabalado, es decir, que la chaqueta era de un traje y los pantalones de otro, producto, a no dudar, de un despiste ex presidencial. Llevaba una camisa de nailon genuino, con bolsillo sobre el corazón y un bolígrafo de plástico asomando por él: su figura era tan estereotipadamente norteamericana que parecía una caricatura. Eso sí, sujetaba la corbata con un elegante prendedor de oro y perla que le navegaba un poco en bajura, allá como por la barriga. Jesús Hermida intentaba hacerle una entrevista apresurada y política, con heroica resolución, ante la masa expectante de invitados y agentes secretos que escuchaban, y mister Nixon juntaba sus manos -enormes, blancas, venosas, manos de anciano- sobre el regazo y permanecía muy erguido en el respaldo, como si tuviera que mantener su abundante cabeza en perfecto equilibrio vertical, so pena de que, de romperlo, se le desplomase la testuz por efectos del peso. Miraba sin ver y en su rostro alargado no había rasgos precisos, porque tiene una cara de carne fláccida, de nariz pendular, una cara arenosa y desplomada, carente de expresión, a excepción de una notable tendencia a componer un gesto enfurruñado y adusto. De vez en vez, cuando hacía su chiste -y su chiste fue, durante toda la noche, añadir la coletilla de «usted en ese año no debía de haber nacido» a sus interlocutores, aparentando un bonachón paternalismo de hombre viejo-, sonreía de manera incolora y fría. Le pregunté por una entrevista que acaba de hacer a la revista Now, en la que dice que no puede volver a presentarser, a la Presidencia de Estados Unidos porque, según las leyes norteamericanas, sólo se puede ser reelegido dos veces, y él ya las ha cubierto, y comenté que si él creía que ese era el único inconveniente que podría encontrar ahora para volvera ser presidente, que si el asunto Watergate no tenía peso ya en la memoria de los americanos. Se le cerró el gesto, «eso, no se puede probar, es una pregunta sin mucha importancia en estos momentos», dijo, «creo que es necesario que Estados Unidos tenga líderes nuevos», añadió.-Pero usted ha vendido su casa de San Clemente, se ha trasladado a Nueva York, parece dispuesto a reintegrarse en la vida política- insisto.

– No me he trasladado a Nueva York por el buen tiempo que allí hace, como puede comprender, es que mis dos hijas están en el Este, y vivir a 4.800 kilómetros de distancia es demasiado. Además, he tardado tres años y medio en escribir mis memorias, porque para los periodistas les es muy fácil escribir, pero para mi no -su respuesta está cargada de malhumor-, y luego he tardado otros dos años en escribir este libro actual, y ahora podría quizá dedicarme a otros trabajos, pero creo que estando fuera del poder puedo decir lo que verdaderamente pienso; creo que el líder tiene la obligación de analizar el entorno y decir lo que juzga conveniente a los demás y convencerles de que está en lo cierto; yo, ahora, tengo la libertad de exponer mis verdaderas opiniones.Insistirá mister Nixon toda la noche en que no vuelve a la política, en que ésta no le interesa, dando una imagen de sereno pensador que tan sólo quiere ayudar al bien común a través de sus paternales consejos de ético cuáquero, de político en retiro.

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-Los cuáqueros son pacifistas, y usted, al parecer, es profundamente religioso.¿Cómo se combina ese pacifismo con el hecho de que usted bombardeara duramente Vietnam del Norte en diciembre de 1972, o aun antes en 1969 y 1970, bombardeara secretamente Camboya, sin decirlo a la opinión pública?

-Yo soy pacifista, desde luego, y este libro, La guerra verdadera, lo he escrito precisamente para evitar la guerra. Pero creo que los cuáqueros, a mi entender, no están dispuestos a ser pacifistas a cualquier precio. Creo que hubiera sido una tragedia para Vietnam del Sur si no hubiéramos hecho los bombardeos, si no les hubiéramos ayudado.

MisterNixon bebe jerez y vino blanco, aunque los cuáqueros tampoco beben: seguramente los cuáqueros no están dispuestos a ser abstemios a cualquier precio. «¿Ha visto el Prado?», le preguntan. «Sí, es magnífico; en Europa, siempre lo digo, hay que ver el Louvre, el Prado y el Vaticano ».

La cena prosigue, y Richard Nixon contesta deleitado a aquellas preguntas en las que puede expresar su opinión sobre la situación internacional, y se enfada cuando alguien, como John Wheeler, de la Associated Press (AP), único periodista norteamericano presente a la mesa, le interroga sobre temas más polémicos. Yo insisto: «Dice usted que no está volviendo a la política. Sin embargo, usted ha representado siempre en Estados Unidos el anticomunismo. Ahora que las relaciones entre Estados Unidos y la URSS han entrado en una nueva etapa de enfriamiento, ¿no utilizará usted su prestigio anticomunista para encabezar una nueva corriente política?».

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El comentario más bestia

Richard Nixon contesta con su voz profunda y fuerte, el único rasgo verdaderamente personal que posee: «El anticomunismo de antes no puede ser igual que el anticomunismo de hoy. Un presidente de Estados Unidos no puede cometer la irresponsabilidad de no mantener contacto con los otros poderes mundiales. Cuando yo fui a China y a Rusia, siendo presidente, muchos amigos míos republicanos se desilusionaron. Pero es necesario establecer contacto con rusos y chinos, el presidente de Estados Unidos ha de estar preparado para negociar. Claro que hay que negociar desde una posición de fuerza, hay que negociar la paz como un tratado de guerra. Tenemos que restaurar nuestra fuerza militar, nuestra fuerza económica, y cuando rusos y chinos vean que somos más fuertes, negociaremos la paz desde unas bases de poder». Después comienza a enumerar el armamento nuclear, las nuevas cabezas atómicas, los nuevos tipos de proyectiles.-Para ser usted un pacifista, habla mucho de la guerra y de las armas.

-Es que ese es el mundo real; nadie quiso la paz tanto como el presidente Wilson, pero metió a Estados Unidos en la primera guerra mundial. No se puede hablar de la paz total porque no existe.

-Roger Martin du Gard, que fue un premio Nobel, escribió en su novela Los Thibault que hablar de guerra es precisamente la manera de comenzar una guerra.

Nixon retiembla de indignación al oír esto, los mofletes se le estremecen de furia, responde rápidamente:

-Ese tipo no debió ganar el Premio Nobel, porque no sabe nada de Historia … ; es el comentario más bestia y estúpido que he escuchado… -se detiene un momento, digiere su furor y, más calmado, añade-: Naturalmente, lo de que es un comentario bestia y estúpido se lo dirijo a ese premio Nobel, no a usted, señorita, que no ha hecho más que repetir sus palabras

Y habla Nixon de Franco «que no hizo todo bien, con el que no estoy del todo de acuerdo, pero que tuvo grandes aciertos»-, y de Pinochet -«a Pinochet no le conozco, pero parece que el régimen chileno actual está consiguiendo un buen desarrollo económico, y, desde luego, Allende arruinó al país y además creó un Estado policial»-, y después mira su reloj con aire de dar la visita por terminada.

(Es un destino peculiar el de este hombre, considerado acabado en su carrera política en innumerables ocasiones, un perdedor nato, que es capaz de volver a vencer a fuerza de insistencia, de resistencia, de obcecación en su lucha, que está dispuesto de nuevo a salir a la palestra, a olvidar que ha sido el único presidente de Estados Unidos que ha tenido que dejar el poder a medio mandato. Nixon basa su fuerza en una ambición infatigable.)

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Y mientras todos nos ponemos de pie, intento hacerle la última pregunta, sobre la posible utilización de los países alineados en la OTAN como peones de una guerra. Nixon me brama: «Es una pregunta irracional», se vuelve a firmar a los invitados los ejemplares de su libro; yo siento que alguien me sujeta con firmeza del antebrazo y me aparta del grupo, es un hombre más bien bajo, corpulento, un norteamericano rotundo: «Mejor, déjele firmar ahora los libros», me dice con helada sonrisa, mientras me mantiene firmemente agarrada.

Pero ya se va mister Nixon, se despide, sonríe parcamente. El corresponsal de la AP va a estrecharle la mano, y mister Nixon le ignora y le deja con la palma extendida al aire. Sale por la puerta, rodeado de su aparato de seguridad; los sordos, los agentes de la embajada, los policías españoles, un compacto grupo de movimientos bien sincronizados, y en dos segundos la sala queda medio vacía con su ausencia. Alguien echa en falta una botella de whisky del bar, y se comenta que los agentes de seguridad de Nixon habían hecho una apuesta sobre si eran capaces de llevarse la botella. Lo fueron.

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Fuente:  http://elpais.com

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